Llorenç Pons, entrañable amigo, te formula la invitación en su calidad de director del «Ramis». Y la formula con una exquisitez que no hace sino iterar lo ya sabido: su perenne bonhomía. Te propone intervenir en una tutoría de primero de E.S.O. para hablarles a los chavales de cómo fue tu infancia, tu «tiempo», «tu Menorca»… Estarás acompañado por dos ponentes más, de edades parecidas a la tuya. La delicadeza con la que redacta el envite es extrema: «una charla para jóvenes a cargo de personas no tan jóvenes». El eufemismo dibuja en tu rostro una sonrisa, algo que no es poca cosa, teniendo en cuenta la que os está cayendo. Y aceptas porque, como diría la inefable Belén Esteban, «yo, por el «Ramis», mato». No en vano un alto  porcentaje de tu existencia lo has vivido, felizmente, entre sus paredes, como alumno y como profesor… Y te ilusiona volver a pisar un aula, aunque solo sea de manera puntual…

Mientras te diriges hacia el centro, surrealistas voces, silentes, pero reales en tu memoria, actualizan aprendizajes recibidos: «¡Apostad siempre por el débil, por esa flor que nace espontáneamente al borde del camino, solitaria y débil, sin ayuda, invisible para caminantes y poetas! ¡Apostad por los pobres, por los desahuciados, por los que, por carecer, carecen incluso de una mirada!». Es don José Cardona Mercadal quien habla, profesor de Naturales, bondad personificada y buena educación tristemente olvidada. Y, aunque te cueste recordar durante el camino, qué era realmente una «papaver rhoeas» (una amapola), guardas, sin embargo, esa lección de vida en un lugar predilecto de tu mente… «Lo importante no es llegar, sino el cómo se llega» -doña María, maestra de Preparatoria dixit-. ¡Ojalá ese eco alcanzara igualmente a tanto político egocentrista y amoral! ¡Qué magníficos profesores o, mejor aún, maestros tuviste!

Ya a punto de iniciarse la partida, los observas. Probablemente te ven más viejo de lo que realmente eres. En sus ojos anida la curiosidad. Tienen entre doce y trece años y, al contemplarlos, te invade una irrefrenable angustia:

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- ¿Qué será de ellos? -te preguntas-.

- ¿Qué mundo les hemos dibujado? -insistes-.

Y os inquieren sobre lo humano y lo divino. Y las respuestas -lo esperabas- les sorprenden. Alguno creerá que hemos emergido de un psiquiátrico, otro que sois los típicos «abueletes» que cuentan sus particulares «batallitas», etc. Pero arrecia -lo compruebas- la ya mentada curiosidad. Hasta tal punto que la sesión se queda corta y se convoca otra… Antes de despedirte, le sonsacas a un chaval si cree -después de lo oído- que vuestra infancia y vuestra juventud fue triste. Y el muchacho, sincero -y como apenado- contesta rápidamente que sí. Le prometes que el próximo miércoles hablaréis de ese asunto y que tú, de verdad, no recuerdas esos años con amargura, sino más bien con enorme afecto y gratitud. No tuvisteis móviles, pero tus padres, tus vecinos, tu escuela, tu entorno os enseñó que lo importante no era el canal de comunicación (un teléfono fijo o andarín), sino lo que se decía… No tuvisteis plataformas digitales, pero ir a un cine cutre, de Cinemascope recortado, en compañía de tus colegas -primero- y de tu primera novieta -después-, era, después de todo, una gozada… Que no tuvisteis un «ipad», pero sí una calle en la que, sin miedo, jugar… Que saboreasteis el tiempo que os regalaban, felices, vuestros padres sin estrés… Y que la pobreza de casi todos y de casi todo os hacía valorar la importancia de la casi nada…

Y si se tercia les dirás, en esa segunda sesión, a los jóvenes, desde el poso que recorre los achaques de esos no tan jóvenes, que, al final, los seres humanos sois iguales y os movéis por las mismas pasiones e idénticos sentimientos. Que luego están las circunstancias. Que, de ser adversas, uno ha de aprender a modificarlas. No les faltarán buenos maestros, ni manos extendidas. Anhelo que los escuchen. Anhelo que las acepten y estrechen. Porque les quieres lo mejor; un futuro muy distinto a ese sombrío    presente en el que les habéis metido…