La imagen municipal de unas fiestas tan singulares, populares y tradicionales como las de Sant Joan no puede suscitar la discordia.   

El cartel de la gran expresión lúdica de historia, sentimiento y cultura que Ciutadella vive el 23 y 24 de junio, con el prólogo del Diumenge des Be, ha de tener la capacidad y la fuerza de representarnos a todos. De unirnos para hacer fiesta en torno a los símbolos y contenidos nucleares que identifican estas jornadas, de origen religioso, que hallamos en la Obreria de Sant Joan; y con honda raíz payesa.

Las fiestas ecuestres de Ciutadella, que se debaten hoy entre la espectacularidad y la masificación, recrean la desaparecida sociedad estamental, con un ceremonial y unos actos que han ido evolucionando. El infatigable investigador Josep Pons Lluch, autor del mejor estudio histórico sobre los Protocols de Sant Joan -aunque las normas no escritas están en el desconocido «Llibre de ses Set Sivelles»- explicaba que «Sant Joan és, en realitat, una successió d’empelts i afegitons». Así, en 1611 se incorpora el caixer fadrí penoner; en 1703 se redacta la Scriptura Publica, antiguos protocolos; en 1843 empieza sa convidada y al año siguiente se introduce s’homo des be; en 1881 se interpreta por primera vez el ‘jaleo’ -la jota «El postillón de la Rioja»-; en 1885 se estrena «Foc i Fum» y de 1940 arranca la ‘costumbre’ d’anar a veure ballar es sol...

Esta fiesta única perdura a través de los elementos nucleares de la ermita de Sant Joan de Missa; los payeses -en activo o jubilados- que van a sa qualcada; el caixer senyor, privativo de Ciutadella y la escenificación de la ciudad medieval a través de la Obreria de Sant Joan.

La exigencia de que los cavallers sean payeses no discrimina a los menestrales, que ven reducida su participación, sino la continuidad de un aspecto fundamental. Respetemos la esencia de esta fiesta; para, desde la serenidad, sin crispación, aceptar su evolución natural.